
La Bioenergética supuso el principio de adentrarme en un desarrollo personal consciente. Yo estaba ya asistiendo a una psicoterapia “clásica”, pero se me hacía lenta y tediosa. Necesitaba algo más “contundente”. Por suerte, un par de amigos que formaban parte de un taller de bioenergética en grupo que se realizaba semanalmente me animaron a probar. Yo era muy receloso de cualquier terapia, pero mi desesperación y la confianza en esos amigos me empujaron a ir. Fue sorprendente ver como en la 1era sesión movilicé la energía reprimida, como a través de la expresión catártica, tras una serie de ejercicios y golpeando con una raqueta sobre un cojín, pude atar cabos y entender como estaba repitiendo patrones con la que por entonces era mi pareja y mi propio padre (de echo, imágenes de la infancia me venían conectándolo todo). Pero eso no fue lo más sorprendente: ¡La depresión se había ido! Me sentía vivo y con ganas de retomar mi vida anterior. En unas semanas llevé a cabo decisiones que no me atrevía a llevar a cabo por miedo a perder. Continué con las sesiones grupales hasta que llegaron el verano y las vacaciones.

Durante los primeros meses fueron sucediéndose los cambios a través de las comprensiones que iba tomando en terapia. El engancharme a los viejos hábitos, algo normal cuando se sale de una depresión, me fue revelando donde metía la pata. La mayoría de las situaciones cotidianas me hacían retrotraerme a distintas épocas de la infancia, sobre todo en la relación con mis padres. Lo curioso, tras toda una vida echándole la culpa al sistema o a mis padres de mis problemas es que me daba cuenta de cómo yo “echaba leña al fuego” para que las situaciones se volviesen en mi contra. El “darse cuenta” también tuvo otro efecto, y es que poco a poco mi verdadera identidad iba emergiendo y entraba en pugna con la máscara que había construido inconscientemente para adaptarme y sobrevivir. Eso supuso volver a deprimirme, a esconderme, un proceso de re-adaptación en la que abandonar hábitos, amistades que no lo eran tanto etc.
Hoy aún sigo trabajándome, intento estar atento cada vez que mis músculos se tensan o si mi respiración se entrecorta en alguna situación en la que me bloqueo etc. Un desarrollo personal no es un camino de rosas, tienes que enfrentar a tus miedos, a tus demonios. Es dar un golpe sobre la mesa, aunque te vaya a doler, porque luego va a ir mejor, dejas de engancharte al sufrimiento. Es duro mirar hacia adentro y darse cuenta que uno no es quien cree ser o quien le gustaría ser, ni tampoco lo que los demás creen que eres. Uno simplemente es, y en el aceptarse puede llegar a dar lo mejor de si mismo y disfrutar de la vida. Y cuando toca llorar, llorar de verdad, sin lágrimas de cocodrilo."







